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La realidad de los galgos españoles...

8 abr. 2012

... que muchos conocen y pocos denuncian.


No se sabe si el disparo lo recibieron antes o después de ser ahorcados. Los cadáveres de los cuatro galgos encontrados en un vertedero de la provincia de Toledo el pasado 18 de diciembre solo revelaban haber sido víctimas de la crueldad humana.

Hasta Galgos sin Fronteras llegaron, la pasada semana, las fotografías de dos galgos que habían sido arrojados con una piedra al cuello a un pantano de Murcia. “Y no es un hecho aislado ni mucho menos”, explica la presidenta de la Asociación, Cristina García.

Poco antes, a mediados de diciembre de 2011, voluntarios de Baas Galgo viajaban hasta Burujón (Toledo) para rescatar a una galga que había sido lanzada a un barranco -“es imposible que se cayera sola”- y que sufría deshidratación y desnutrición. Los bomberos que colaboraron en su rescate -debido a la inaccesibilidad del terreno- bautizaron como Candy a la perra de 3 años, que ese día volvió a nacer.

Paquito, un galgo de 2 años, debió de ser probado -empiezan a correr hacia los 24 meses- y desechado, porque cuando los rescatadores de Baas lo encontraron en un canal de regadío -“con paredes de tres metros del que jamás habría podido salir”- con la pata rota, comprobaron que el microchip -un dispositivo que identifica al dueño del perro- le había sido arrancado.

Tanto Candy como Paquito pueden considerarse afortunados por figurar en la lista de galgos abandonados en España que son rescatados y dados en adopción. Muchos otros, los dos que acabaron en el pantano de Murcia, los más de cien cadáveres descubiertos en 2009 en un vertedero de Villatobas (Toledo) o las decenas de animales encontrados a mediados de diciembre, corrieron mucha peor suerte al ser víctimas de una tradición terrible que, aunque cada vez menos y con mayor discreción, sigue viva en España.

Terminada la temporada de caza, quienes han corrido con galgos llevan a cabo una selección entre sus perros para determinar cuáles seguirán con ellos y cuáles serán desechados.

Entonces, tal como explica a ALBA Matilde Cubillo, presidenta de la Federación de Asociaciones Protectoras de Animales de Madrid, los perros que han sido buenos cazadores pero que se han roto una pata, son viejos o han adquirido vicios tienen una muerte rápida: los ahorcan.

Tocando el piano

Los perros, en cambio, que han resultado ser mediocres, reciben como castigo una muerte lenta y agónica: son colgados también, pero con las patas traseras apoyadas en el suelo. Y así pasan horas -“tocando el piano lo llaman ellos”- hasta que el agotamiento les impide seguir soportando su peso y ceden a la cuerda. “Cuando los descuelgas, los encuentras con las patas apoyadas en el suelo”. Esta tradición, que antes se llevaba a cabo en olivares, hoy sigue estando presente, pero se hace -como reconoció un niño a Cubillo durante una visita a un pueblo de la Comunidad de Madrid- en el patio trasero. “Y los vecinos lo saben, pero nadie denuncia”.

Las denuncias, en todo caso, supondrían sanciones administrativas y, si se aplicara el artículo 337 del Código Penal, hasta un máximo de un año de cárcel por animal, pero, explica Cubillo, “es muy difícil que se juzgue al culpable porque alegan que les han robado los perros o les arrancan el microchip”.

Bien lo sabe Sandra Baas, presidenta de Baas Galgo, que mantiene abierto un proceso judicial contra un galguero toledano -vicepresidente, además, del Club de Galgos de su pueblo- acusado de ahorcar a sus perros. A uno lo encontraron las voluntarias de Baas colgado todavía del árbol. Ese no es atribuible a nadie, ya que antes se le había arrancado el microchip. Vía muerta.

Pero las voluntarias observaron que, alrededor del cadáver, la tierra tenía otro color, “como si la hubieran removido”. Escarbaron y encontraron a otros dos animales ahorcados que, todavía con microchip, habían sido convenientemente enterrados. Y estas muertes sí se imputan a su dueño. El juicio está previsto para octubre.

Ante esta realidad de abandono y muerte cabe preguntarse, en primer lugar, por qué. Y la respuesta es matemática. Las asociaciones manejan una cifra de 500.000 galgos cazadores, reconocida por la Federación Española de Caza. Hay perros que sobran desde el principio: camadas de seis en las que solo se salvan dos -“hemos recogido camadas enteras de galgos tiradas a la basura. Otras veces matan a los machos y se quedan con las hembras para criar”-. Y hay perros que sobran al terminar la temporada -“tirando muy por lo bajo, se pueden abandonar 50.000 galgos al año”-. Y mientras unos se abandonan -su vida útil como cazador es mucho menor que su esperanza de vida-, no desciende la cría de estos animales. Conclusión: superpoblación y abandono.

Hasta aquí la realidad que, con fechas y fotos, describen las protectoras de animales. Con mayor o menor rotundidad, todas reconocen que no todos los galgueros maltratan a sus perros y que las terribles prácticas que ellas denuncian se dan, sobre todo, en la España rural o entre quienes no ven al galgo como un ser vivo. Reflejada esta justa y lógica salvedad, aseguran también que la realidad es conocida por la inmensa mayoría de quienes se relacionan con el mundo de las carreras de galgos, aunque a veces miren para otro lado.

De la oreja al juzgado

Preguntado por ALBA, el presidente de la Federación Española de Galgos, Carlos Sanz, afirma que nadie en su Federación -adscrita al Comité de Deportes y dedicada a los campeonatos de carreras de galgos- lleva a cabo esas prácticas. Asegura que las protectoras quieren cortar de raíz la práctica del deporte del galgo -erradicada en el resto de Europa- y que, por eso, pretenden criminalizar al colectivo.

Explica que los galgos que compiten en la federación están inscritos en un Libro de Orígenes y cumplen con los requisitos sanitarios y administrativos. “Son animales que pueden costar una fortuna (más de 50.000 euros), ¿cree que vamos a ahorcarlos?”.

Sanz, que asegura que llevaría “de la oreja al juzgado” a cualquier persona que cometiera atrocidades como la del ahorcamiento de perros, explica, eso sí, que quienes practican el deporte del galgo no ven en ellos a una mascota. “Si yo tengo varios galgos y uno no corre, se queda en mi casa si tiene una ascendencia genética. O, si no corre al nivel que yo le exijo, hay muchísimas personas que estarían encantadas de coger ese galgo para seguir corriendo con él. Unos serán para competición deportiva y otros para actividad de caza”.

¿Y respecto a la sobreabundancia de galgos? Responde con otra pregunta: “¿Usted cree que todos los jugadores de la cantera de un equipo sirven para llegar al primer equipo? Y ¿qué hacen con los que no sirven?; ¿los ahorcan?”. Insistimos, ¿qué se hace, entonces, con los galgos que no sirven? “Hay un mercado, no lucrativo, un mercado de regalo o intercambio”.

Insiste en la responsabilidad y buen trato de los galgueros federados para con sus animales -“también tenemos hijos a los que cuidar y educar, ¿cómo les vamos a transmitir eso?”- y añade que nadie puede imaginar a un perro maltratado o subalimentado que luego, el domingo, se va a una carrera y se pone a perseguir liebres. “Los galgos necesitan entrenar, correr, jugar, desarrollar su instinto... El problema de los galgos es estar en la ciudad, metidos en un piso, donde no se ve un perro sano”.

Concluye con una cifra, la que aportó el Seprona (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil) a petición de la FEG sobre denuncias de perros maltratados. Frente a las 1.177 relativas a los galgos, durante el año 2009 se produjeron 2.285 relativas al resto de razas cazadoras y 3.697 respecto a otras razas.

Pero, como siempre, las cifras pueden tener varias lecturas y, en este caso, las protectoras afirman que sólo se contabilizan las denuncias de perros con microchip, que, en el caso de robo, abandono y ahorcamiento de galgos, tiene una solución tan fácil como arrancárselo.

Un zulo de hormigón

Y luego están los hechos -“a mí no me convencen, porque me he topado con la cruda realidad”, subraya Cristina García-.

La realidad es, según ella, que los galgos rescatados por su asociación tenían tanto miedo al ser humano que, cuando iban a acariciarlos, se echaban al suelo y se hacían pis de puro pánico -“nos cuesta meses conseguir que pierdan el miedo al hombre”-. Recuerda con tristeza cuando, hace ya muchos años, viajó a Alemania para reunirse con una asociación que recogía galgos españoles y los llevaba a asilos o familias -son perros muy deseados por su carácter pacífico y dulce- y los perros, al oír hablar español, se escondían y comenzaban a temblar. “Eso lo he vivido yo, no me lo invento”.

Baas afirma que en el mundo de los galgos hay tanta “gentuza” que hasta los propios galgueros a veces tienen miedo a denunciar: “A mí me han llamado varias veces contándome cosas para que las denuncie porque ellos no se atreven”, y Matilde Cubillo relata cómo acompañó a la Guardia Civil a intervenir un zulo de galgos. Hormigón, un calor asfixiante y tres o cuatro agujeros para que entrara el aire era la vivienda de catorce perros, muchos robados y, por eso, mantenidos lejos de miradas ajenas.

“Ojalá”, concluye Baas, “la situación hubiera mejorado, nada nos gustaría más”. Pero las cifras cantan y su asociación encontró, sólo en el pueblo de Fuensalida y durante el mes de diciembre, cincuenta galgos abandonados. Y esos, tuvieron suerte.






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